El viento agitando las cortinas fue editado en 2008 por la editorial Mondadori en Colombia. Su
autor, Juan Carlos Rodríguez, casi un total desconocido, su reconocimiento provenía
de una revista de contenido para adultos para la cual escribía divertidos
artículos. Hoy, en el año 2014, seis
años después de su publicación creo que se puede responder una pregunta que en
su momento rondó algunas publicaciones literarias. Esa pregunta también rondó
la cabeza de muchos lectores y críticos que no hicieron otra cosa que alabar el trabajo
y la valentía de la editorial Mondadori al realizar esta apuesta. El historial
de 2008 en internet se sobrepasa en elogios, había expectativas llenas de esperanza,
como si Juan Carlos Rodríguez y su libro de cuentos viajará rumbo a un mundial
de futbol y todos dijeran que es la selección favorita. Antes, en 2007, Calibre 39 editado por
Villegas editores y compilado por Luis Fernando Charry, trata de empujar
algunos autores jóvenes (menores de 39, eso es ser escritor joven). Él no era
parte de esa lista, pero sí su amigo Juan Álvarez quien lo acompañó a la
presentación de su libro en la universidad Central durante un taller denarradores, según se cuenta, con elogios. Entendemos, el camino estaba abonado.
Antes
de continuar quiero decir que El viento
agitando las cortinas es un libro esplendido. En sus páginas encontramos
tres relatos de aproximadamente cincuenta páginas cada uno. Los relatos se
presentan en el siguiente orden: Contra
el nudismo, ¿Quién se acuerda del
capitán Scott? y Mil veces el mal
camino. En la contraportada Antonio García habla así de los personajes de
JCR: “Románticos que han decidido darse una última oportunidad, nostálgicos que
siguen en búsqueda de la inocencia, amantes que encuentran una sensualidad
vedada a los demás… Los personajes de Juan Carlos Rodríguez tienen un misterio,
una obsesión, un secreto que uno, como lector, siempre quiere develar”. Camilo
Jimenez para la revista El Malpensante describe así los relatos: “Los
tres relatos vienen en primera persona, y sus narradores hacen un ejercicio de
memoria para ir hasta el nacimiento del deseo, los tres evocan el punto de sus
historias cuando se convirtieron en personas hormonales”. La revista Arcadia
puso entre su lista de los mejores libros del 2008 a este libro. En 2008
también se editó Lo definitivo y lotemporal de Javier Moreno por parte de la EAFIT. En 2008 también se
suicidaría David Foster Wallace.
Contra el nudismo describe las bajas pasiones de un hombre frente
a dos cosas, la primera, lo calzones, “Amo los calzones con devoción”, dice el
narrador. La segunda es anatómica; los hoyuelos en la parte baja de la espalda,
a saber, los Romboides de Michaelis. La genialidad de este cuento no sólo
radica en su buena estructura, en lo bien descrito del fetiche del narrador,
sino que en lo que se supone un relato con tintes eróticos o morbosos el punto
más álgido, el encuentro sexual, es vedado. Se omite al acto carnal,
desesperadamente buscado, angustiosamente sufrido, porque “¿para qué contar lo
que siguió? Es la historia de siempre, la de todos los amantes que con una
hermosa ingenuidad creen estar descubriendo algo”. Perdida la inocencia caemos
a un lugar sin redención. Contra la desnudez es un relato lleno de humor. Pero
sus páginas no sólo cuentan la historia de un fetiche, también un momento de la
moda urbana, el pantalón descaderado. Al inicio del relato el narrado nos
advierte: “Odio los pantalones descaderados, envoltorio de los cuerpos en este
inicio del tercer milenio”. Ante este exhibicionismo, la contrariedad; decirle
a las mujeres que se cubran, “La situación era absurda, como si a un aficionado
a la música lo encerraran en una habitación a oír Mozart a un volumen tan alto
como para que le dolieran los oídos”.
¿Quién
se acuerda del capitán Scott?, relato de un amor que se
inicia colegial pero imposible, como muchos amores en la adolescencia, y se
consuma llegando a la mediana edad. Un poco tarde para idealizarlo, un poco
temprano para estar preparado para el desamor. Este relato recoge parte de la vida
en los ochenta (y que por mi parte también recoge imágenes de mi infancia en
los colegios capitalinos durante los noventa). Este relato es la historia del “Pastuso
sensible”, un tipo que maduro se entrega a los burdeles, pero no al amor, que
lo destroza al final igual que la filtración de agua arruina la casa familiar.
Mil
veces el mal camino, este relato aparece fragmentario. Es la
recopilación de mails entre un profesor y una estudiante, pero sólo leemos los
mails del profesor, de los otros tenemos conocimiento por los comentarios que
este hace, a su vez, en los suyos. Entre líneas se lee una historia de amor
frustrada, una necesidad por llenar la soledad. De los tres este parece ser el
más flojo de los relatos. No baja en calidad, pero suele sonar demasiado patético
o nostálgico. Muy mimoso, no como en los anteriores relatos, en donde la caída o
subida de sus personajes quedaba con halos de misterio que el lector desvelaba,
sin que sus personajes dejaran de sumergirse en su propia perdición. Aun así,
este relato recoge los problemas de una vida madura, llena de desilusión.
Cuando Orlando Mejía Rivera
escribió La generación mutante pensaba de una manera muy inocente (o tal vez
consiente pero con pocas referencias directas) sobre lo que resplandecería en la
literatura colombiana. Y acertó casi en todo. Los escritores colombianos ahora son superiores
a los que él puso como ejemplos. Cada uno de los puntos que mencionó sobre lo
que es la generación mutante lo cumplen hoy, a la perfección, escritores como
Juan Carlos Rodríguez, Javier Moreno, Juan Gabriel Vázquez, Juan Esteban
Costaín, Andrés Felipe Solano. Sobrepasamos el tema central de la violencia, por
lo menos ya no los referenciamos de manera directa, esto dejo de ser la sicaresca que llamaba Faciolince.
Esta literatura está reconsiderando otras formas de contar, más cercana a
movimientos que han ocurrido (u ocurren) en otras partes del mundo; Oulipo, Fuguet y el Mcondo, el
acogimiento de temas de la cultura pop. Todo esto lo referencia Mejía Rivera en su libro.
Sin embargo lo que nos importa
es Juan Carlos Rodríguez y el libro El
viento agitando las cortinas. La pregunta que se hacían todos y sobre la
que apostaban a ganar era (más o menos) la siguiente ¿será este un éxito
editorial y tendremos un empujón a los libros de relatos en Colombia?, que viendo
el panorama lleno de concursos de relato y cuento lo menos que uno esperaría es
un movimiento editorial por ese lado fuerte, pero la novela es indestronable, y
en Colombia el cuento sigue siendo una tarea de escritores de segunda (no lo es,
claro, pero así se trata). Seis años después de ser publicado, de ser alabado,
cosa que aun hoy debemos hacer: El viento
agitando las cortinas es probablemente uno de los mejores libros de relatos
escrito por la generación nacida del 70 a 80. Pero lastimosamente (o
afortunada, uno no sabe), el libro se consigue en el centro de Cali a 2000
pesos, te lo dejan en mil. También puedes llevar 3 x 5000. Tal devaluación de
un libro de esta calidad es vergonzosa, sobretodo porque no es un libro de
vieja data ni mala edición. Probablemente Mondadori perdió mucho dinero, a la par de
que algún editor perdió su empleo. Así que, si preguntan ¿cómo van las apuestas?
-Pues perdimos, mijo. Fue una pérdida grande. Con unos resultados así cómo se
apoya a nuevos escritores. Sin embargo, su precio podría hacer más accesible a los lectores el libro, el cual no defrauda a nadie. Mis alabanzas al libro de Rodríguez.
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