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viernes, 23 de enero de 2015

Segunda persona del singular


   Escribes en Facebook que irás a trabajar al día siguiente, recibes una ola de comentarios a los que quieres responder de forma insultante, no lo haces porque te parece que en lo que  dicen hay algo de verdad. Te desconectas. Dejas en el móvil sintonizada una emisora que es la que escucha tu novia. Duermes bien, pero no dejas de sentirte mal por tener que ir a trabajar. En la mañana llamas a Natalia pero no contesta el móvil o contesta pero está tan dormida que ni siquiera se da de cuenta que habla contigo. No das importancia, sabes de su gusto por dormir hasta tarde. Sales temprano, calculando el tiempo que demorarás yendo de un punto de la ciudad a otro, donde te espera un jefe y un trabajo mediocre. Necesitas dinero, Natalia, tu novia, insiste en salir a bailar cada fin de semana, y con el que consigues en lo que llamas “trabajo nocturno” no alcanza. También está el problema con el Turco y Lucas. Tratas de olvidarlo de inmediato porque te das cuenta de que calculaste mal el tiempo. Montarse a un bus urbano en la mañana es una lucha cuerpo a cuerpo para la que no vas preparado.
    El trabajo, al cual llegas tarde en el primer día, consiste en ir puerta a puerta vendiendo paquetes de arepas precocidas de maíz blanco; cinco arepas por cada paquete. El barrio residencial al sur de la ciudad no se parece en nada a esa loma llena de casas a medio hacer, caminos serpenteantes y filas de escalones infinitos que llamas “hogar”. Todas las calles son planas, fáciles de andar, pero te cansas porque es duro caminar calle tras calle bajo el ardiente sol. Allí está tu primo, quien te ayudó a conseguir el empleo, junto con él se te es encomendado el recorrido. Antes de empezar pides permiso para hacer una llamada. Llamas a Natalia. Ella se encuentra desayunando mientras ve la telenovela de las once.  La saludas con cariño. Ella responde igual. “¿Dónde estás?”, pregunta. “Mami, estoy aquí, camellando”, respondes. “Me alegra, ya era hora de que cambiaras de vida”, te dice. “Es por ti, bebé”, dices. “La salsoteca es esta noche, iré contigo o sin ti” te recuerda. “Amor, usted sabe que no le fallo”, dices. “Papi, te espero”, finaliza ella.
    Tu primo dice que despiertes, que estás dormido. Repite las indicaciones. Debes repetir: uno por tres mil dos por cinco mil. Y así lo haces. El asfalto caliente te fastidia, y el sol te da de frente. Tu primo parece  no sufrir de nada. Sudas, también piensas en Natalia, seré la envidia de la noche. “Mi hembra”, así piensas cuando piensas en Natalia.
    Buscas hablar con tu primo, se ha mostrado un poco distante, tal vez porque su madre le ha dicho de tus andadas, de los problemas que tienes, y no quiere que lo vean mucho contigo, ya sabes, para cuidarse. ¿Cómo va todo?, preguntas. “Bien”, responde él. “¿Crees que se pueda hacer dinero con este trabajo?”, preguntas. “Sí, si te esfuerzas”, responde él. Luego preguntas por los vecinos, que fueron antiguamente también tus vecinos. Tú primo, muy apesadumbrado, te cuenta que han estado matando la gente de por ahí. “No pueden ver a nadie parchado en una esquina porque lo van es fumigando”, así lo dice. Lamentas escuchar aquello, no puedes creerlo, maldices: “Gonorreas hijueputas”, eso es lo que dices para referirte a los encapuchados asesinos. Tu primo te da la razón, pero también dice, “eso, primo, a veces es un mal necesario, el barrio está caliente y que cada quien se labra su propio destino”. Te enojas por eso, le das un golpe en el pecho, dices, “no marica, así no son las vueltas”. Continúas el recorrido, no quieres armar bronca.
    El barrio residencial muy bonito y todo pero nadie te abre la puerta.
    ¿Qué vendes?, pregunta un hombre que oficia como vigilante de la calle. Hace un chiste sobre que no tienes cara de arepero. Eso te enoja. Dices que estás trabajando, que mejor se meta el dedo por el culo y no moleste. El vigilante de la calle se queda mirándote, mudo. Se aparta montado en su bicicleta. Desde  ese momento no te quita el ojo de encima. Cuando ve que en la esquina le das un empujón a tu primo, que no sabe que es tu primo, no aguanta y llama a la policía.
    “Mal necesario”, refunfuñas, “malnacido”. “Amigos de toda la vida muertos y este gran triple setenta hijueputa dice que es un mal necesario”, así hablas cuando llega una patrulla de la policía. Piden que te detengas. Te requisan. Piden tu cédula para identificarte. La sacas de mala gana. La pasas. Ellos hacen la respectiva llamada a la central. Estás ofuscado, ido, perdido; aflora el odio. “Sapos hijos de puta -eso es lo que comienzas a gritar cuando recibes de vuelta el documento de identidad- ¿es que no me van a dejar trabajar? Ellos se ponen bruscos. Amenazan con acusarte de “Irrespeto a la autoridad” para que guardes silencio. No te callas, continuas insultándolos.
    Allí está el vigilante de la cuadra viéndote. En las puertas de las casas ves rostros con expresión de reproche asomados.
    Te sientes furioso. “Estoy trabajando –dices- están violando mis derechos”. Manoteas. Casi golpeas a un agente. Ellos aplican un protocolo poco ortodoxo. Te golpean, según las palabras que usaron, te redujeron. Te meten en la patrulla, te acusan de atentar contra la integridad de un agente. Tu primo está también allí, puede ayudarte, pero no lo hace.
    Te repites en la mente eso de “un mal necesario” y bajas la cabeza. Cierran la puerta de la patrulla y escuchas cómo el vigilante dice a la policía que hay que acabar con esa plaga de la ladera, vienen por aquí únicamente a robar. No prestas atención porque piensas en Natalia, en su minifalda, en la salsoteca. Ves los paquetes de arepas precocidas tirados en la calle. Escupes. Saliva mezclada con sangre mancha el piso de la patrulla. 

viernes, 9 de enero de 2015

Ahora mismo


Hoy he pensado en suicidarme. No de una forma en específico. Sólo he pensado en mi cuerpo sin vida y en algo que sería como un gran descanso. Esto puede sonar estúpido, porque una vez muerto probablemente ya no sienta nada. Sin embargo, imaginaba algo como un gran descanso. Era consciente de este alivio, se parecía a fumar mucha marihuana o a salir victorioso de una exposición en quinto grado. Hay un programa de concurso en la televisión en el que todo es muy oscuro, los participantes deben soportar cierta cantidad de tiempo con cierto tipo de insecto, o roedor encima, a veces es comida o simples tiras de plástico. Ellos no saben qué es, deben adivinarlo. Durante el transcurso del programa pasan diferentes pruebas por el estilo. El ganador lo ponderan entre sus aciertos y el tiempo, eso creo recordar. Bueno, así me siento. Todo al alrededor se ve tan oscuro. Siento algo, se aproxima, y tengo miedo. A diferencia de algunos participantes permanezco quieto, simulando que no me importa.
Me preocupa mostrarme como un cobarde, también me preocupa dar muestras de que esto me preocupa. Esto es vanidad en segundo grado según libro que leí.
Creo que el problema de todo esto deviene de la soledad. Paso mucho tiempo solo. A excepción de los amigos con los que hablo en internet no hablo con nadie más. Pero esto no es estar solo, en el fondo, comparto y estoy con otras personas. Oímos música, compartimos fotografías. Podemos enlazarnos en videoconferencias y reír un rato. Chat Roulette suele ser muy divertido a veces. Me masturbé frente a una desconocida la última vez, ella reía. Ese es el tipo de sexo que tengo ahora. No estoy solo en realidad. Eso sólo sucede cuando me desconecto, pero nunca me desconecto.
¿Qué me enferma de la vida?
Tengo una relación con una chica, ella se llama Jade, igual que la joya, aunque nunca he visto un jade, no físicamente, he visto las fotografías en internet que es lo mismo. Ella y yo tenemos una especie de relación virtual. Hablamos mucho. Ella envía fotos de su cuerpo desnudo y habla de sus fantasías. Han pasado días en que nos hemos masturbado uno frente al otro. Le gusta que tome fotografía con mi semen sobre su imagen en la pantalla. Una vez me preguntó si no me parecía esto enfermo. Respondí que no, en ningún modo.
A veces, cuando ella no está conectada, paso largo tiempo pensando en ella. Si estuviera cerca tal vez tendríamos una relación real. Pero real no significa que lo que tenemos no lo sea, no. Sentir su cuerpo, la tibieza de su piel y no la de la laptop. Ser infiel en internet es bastante fácil, es la norma, creo. Igual que en la vida real, pero con real quiero decir la de allá afuera. Esta también es real. Si vieras el historial de mi navegador sabrías exactamente qué tipo de persona soy sin tener que preguntarme nada. Eso  es todo lo que soy. Eso es lo real. En este momento digo por real lo que hace la gente en la calle. Eso que he dejado de hacer porque he entrado en esta oscuridad aburrida en la que algo camina por todo mi cuerpo. Sufro ansiedad. A diferencia del concurso de televisión aquí no hay ningún premio. Sólo estas así, mientras otros se divierten viéndote.
La vida es una gran burla, es la risa enlatada de las comedias.
Tal vez, si quiero suicidarme, y lo que soy es exactamente todo esto que hay aquí, en la red, entonces sólo debería desconectarme. Ese sería el camino. Dejar de existir dónde existo con más fuerza. Pero pensar esto no me genera la sensación de un gran alivio, sino de un gran terror. Odiaría dejar de existir en la red. Soy lo bastante sensato para googlear mi nombre y darme cuenta de que existo, de que no quiero dejar de estar aquí. Vivo en un algoritmo. Tal vez sólo deba saltar de él como de un gran edificio.
Dejar de existir.
Desconectarme.
A lo mejor toda la ansiedad deviene de una vida banal dentro de internet. Si muriera para internet de todas formas podría seguir navegando, como un anónimo. Podría visitar pornohub, del modo en que deben hacer los fantasmas, si existen, al visitar los cuartos de las mujeres mientras se cambian. Quizá especulo mucho sobre algo sin sentido. Nicole me ha dicho que soy la reina del drama. Quizá, no todo se me va tan  mal.
Sin embargo, el suicidio, según Camus, es la única reflexión necesaria y verdadera. Hay un sentimiento de levantarme y olvidar todo. Olvidarlo como si jamás hubiera estado presente nunca en ningún sitio. Irme a un pueblo del centro del país y trabajar en alguna finca recogiendo los frutos de la cosecha. Viajar por temporadas a distintas regiones, embriagarme en las cantinas y tener muchas mujeres. Sobre todo eso; amar sin que nada me restringa. Esto es un pensamiento banal. Y demuestra el miedo que tengo frente a la vida.
Aparte de Jade hay tres mujeres más con las que llevo prácticas similares. Pero es Jade quien disfruta más el momento, o así lo parece. Ella es mi favorita, igual que de lo diferentes sabores de gelatina la de limón es mi preferida. Hay dos escritores que quiero leer, uno se llama William H. Gass y el otro Robert Coover. No he podido comprar sus libros. Aquí otro asunto que me preocupa, pero que aparento que no; el dinero.
No lo tengo.
Cada día de mi vida es encontrarme ante el limbo laboral. He hecho por lo menos veintitrés pruebas para tomar un empleo. No pruebas sobre el trabajo, sino exámenes de opción múltiple que rastrean el tipo personalidad o actitud que tienes. Algo en ellos dice que no soy apto para ningún tipo de oficio. Mesero, vendedor de tienda de ropa, zapatos, repuestos, lencería, colchones, chucherías, articulos para el hogar, cajero en supermercado, cajero en Mcdonals.  ¿Quién falla una prueba para trabajar en Mcdonals? Tal vez no sirva para nada.
Me he sentado a escudriñar algunos libros. Quiero escribir algo, me lo he planteado, y si bien no será algo muy grande, debe ser perfecto. Quizá sea la última cosa que haga en vida. No tengo muchos libros. Los pocos que tengo no me gustan tanto como los que he descargado de internet. Tal vez sólo deba saltar.
Ahora mismo.


martes, 4 de febrero de 2014

Una lista de escritores que hago mentalmente mientras escribo esto

El humo del cigarrillo danza hasta desvanecerse, girando, elevándose por encima de nuestras cabezas. Guardo silencio mientras todos conversan; sueltan un chiste y ríen. Apenas si dibujo una sonrisa. Me levanto de en medio de la mesa, habrán unas veinticinco personas, todos escritores y artistas, yo no, vine porque encontré un tuit que me invitaba. Soy el nuevo entre un montón de gente con historias en común sobre viajes a Europa y por Sur América. No he viajado mucho. Bebo la cerveza parado en la acera. Un tipo está tirado en el andén, su rostro está ensangrentado y un par de auxiliares de policía tratan de ayudarlo. Llaman una ambulancia pero no llega. La cerveza está fría. No vuelvo a la mesa, me quedo viéndola de lejos. Tengo una sensación extraña en el estómago. Doy una calda al cigarrillo, tomo camino calle arriba, no me despido. Una mujer joven más adelante me sonríe, la miro fijamente hasta que se siente incómoda, sonrío. La noche es cálida, como suelen serlo en esta ciudad, no es novedad, lo que sí es novedad es el silencio que la acompaña. Camino sin dirigirme a ningún sitio. No pienso en algo como un lugar al cual ir, pero sí que tengo que terminar en cualquier parte. Voy susurrando los nombres de escritores como si repasara una lista de algún evento importante. Los invoco en mitad de la noche con el sabor mezclado de la cerveza y el cigarrillo. Entre ellos cuelo el mío, lo pongo delante, atrás, en medio, casi al final... lo dejo discreto en algún lugar, camuflado entre otros nombres o avatares. Atiendo al camino, dejó de lado mi pensamiento; soñar es algo bastante sofisticado para alguien que camina sin rumbo.

Un tipo a unos diez metros delante de mí en una esquina me hace señas. Siento como si recibiera la inyección de algo frío por todo mi cuerpo, luego una sensación incomoda en el pecho. Comencé a sudar. Pensé que aquel tipo me atacaría para robarme, pero al acercarme, fingiendo que no tenía temor, me di cuenta que trataba de venderme drogas. ¿Qué estás buscando, viejo?, me dijo. Nada, le conteste. Tengo lo que necesitas -me dijo- ¿qué estás buscando?, me pregunto de nuevo. Me detuve un segundo, saque otro cigarrillo, mientras lo encendía le dije que la noche estaba muy callada y solitaria. Hizo un gesto de vendedor en mala racha. Viejo, pensé que era el único que lo notaba, estoy asustado; no he vendido nada. Sonreí. El tipo me pidió un cigarrillo, luego me insulto y me dijo que me fuera de por ahí. Seguí caminando. En realidad me sentía bien, aquella inyección ahora se sentía bien, me reconfortaba y me pareció escuchar en alguna parte el estallido de una galaxia; amigo, esto es la vida. Camine hasta encontrarme con un bar ruidoso en el que tocaban rock. Un montón de jóvenes de cabello largo bebían cerveza sentado en los andenes. Entré al bar pero estaba muy lleno. Pedí una cerveza y la bebí allí mismo, parado, viendo cómo se comportaba la gente, sonriendo. Luego salí y continué caminando. Cuando un padre muere se supone que debe dejar algo a sus hijos, su herencia, el fruto de una vida de trabajo. Eso escuche durante mi infancia en las reuniones bíblicas. Hay poco tráfico y cruzo la avenida. Herede deudas, con ellas, las llamadas presionando el pago por parte de los bancos. No hay nada que podamos hacer, ellos lo saben, nosotros lo sabemos, pero aun así no cesan las llamadas, preguntan por mi madre o por mí. La palabra que más repiten es “embrago”, ya deje de darle la importancia que tenía antes. Tengo sed.

Cuando era niño me quedaba frente a la televisión viendo dibujos animados, hacia listas en mi mente; Hugo, Los Motoratones de Marte, Las Tortugas Ninja, Los ThunderCats, Los Super Amigos, Los Super Campeones, Power Ranger. Eventualmente la lista cambiaba, crecía o se achicaba dependiendo la preferencia del momento. Imaginaba sentado frente a la televisión, muy cerca; esa es la razón de mi miopía, según me lo ha recriminado mi madre todo este tiempo. También he hecho listas de video juegos, las comencé cuando llegó a casa el Family, y luego el Super Nintendo; Super Mario Bros I, II, III, Super Mario World, Super Metroid Fusion, MegaMan I, II, III, IV, X, Mortal Kombat, II, III, Kirby Super Star, The Legend of Zelda, A Link to de Past. La lista fue creciendo conmigo, junto con la llegada de otras consolas. Y esto es abrumador, tanto tiempo enfrente de lo que sea mediando entre la contemplación y el ocio. Contengo el aire un momento. Siento que mis pies se están agotando, me arden. Me incomodan los zapatos, suelto el aire y levanto la vista al cielo nocturno con sus estrellas tan brillantes y tan significativas en otro tiempo. No sé nada de ellas. Es extraño lo silencioso que está todo y lo vacío. Veo extenderse la calle adelante con algo de niebla que la opaca, o tal vez sean mis lentes empañados por la humedad. 

Quiero seguir adelante pero giro a la izquierda. En la esquina hay un cartel de un tipo que se lanza al Congreso, es propaganda vieja, por lo menos de unos cuatro o cinco años. Las mujeres que han estado conmigo también han pertenecido a una lista que digité en mi ipod, y que luego borre por precaución cuando tuve una novia muy celosa, sin olvidarla aun la sigo repasando mentalmente.  No sé por qué acostumbro a hacer ese tipo de cosas. La semana pasada mamá contesto su celular y comenzó a fingir un acento del campo, decía que era mi empleada y que no sabía cuándo volvía, decía que ella era la señora del aseo y que no sabía nada de mi paradero. Mientras hablaba fuerte y con ese acento raro como entre boyaco y caucano yo estaba en la otra habitación riéndome a carcajadas por lo que hacía. Doña Olga, le grite luego, nombre que había usado con una cobradora que me buscaba, doña Olga un tintico, por favor, le decía y no podía parar de reír. Ella también comenzó a reír luego de colgar. Nos reímos juntos un buen rato. Luego nos sentamos en la cama en silencio. Le conté sobre las historias que estaba escribiendo en el taller de escritura creativa, ella fue por un tinto y luego me escucho largo rato, con su mirada atenta, sin pronunciar palabra. Creo a decir verdad que nos sentamos en la cocina. Veo una pareja que viene de frente. Los veo cansados y con sus trajes sudados, sonriente abrazados, probablemente habrán bailado toda la noche. ¿Qué hora es? ¿Cuánto he caminado?  
  
El último libro que compre lo tengo sobre la mesa sin leer, no querido abrirlo, no tengo aun el tiempo para dedicarle. El trabajo me está quitando mucho tiempo. No sé cómo organizarme, en algún momento sé que todo mi tiempo estará dedicado a la escritura, o eso creo. Estaré alejado y tranquilo escribiendo y escribiendo, leyendo y compartiendo literatura. Haciendo de esto algo muy real; no otros mundos, no universos distintos; este, el mismo, y único convertido en una noche de buenos libros y música. Esa fantasía de ser feliz sentado a la mesa escribiendo, esa imagen nostálgica que la verdad no sé de dónde viene, si de los malos documentales o las añoranzas de los poetas, esto brilla de irrealidad. A casa llegó hace poco una máquina de escribir Hermes Baby 1940s, es la favorita de Steinbeck pero no he leído mucho a Steinbeck y eso poco me importa, pero en internet encontré una fotografía de Burroughs junto a una de esas y entonces me ha parecido genial aquella anacrónica novedad. Me he sentado a improvisar con ella, usando hojas usadas. Soy Gillespie, y Parker juntos sobre el escenario, improvisando, escribiendo, haciendo música con su tac tac tac tac tac adictivo. Escribo que estoy en un bar desecho de la calle 10 en el centro de Cali, bebiendo una cerveza tibia a las cuatro de la tarde de cualquier día. Hay un hombre en otra mesa con una mujer robusta y mal trajeada. Se ven felices, y el cantinero sirve algunas copas de ron mientras el sudor gotea desde su barba a una de ellas. Veo hacia afuera, las personas suben y bajan frente a la calle con el pudor de ver hacia adentro. Tengo un revolver al cinto, me dicen El Sherif y soy quien acaba con la plaga que viene del barrio Sucre. Ayer mataron a mi mejor amigo. Sé quién lo hizo,  espero para matarlo, viene aquí siempre, sólo debo esperar. Este es el único camino que tengo, y lo único que sé hacer.



Luna Miguel Antonio J. Rodriguez Andrés Felipe Solano Juan Cárdenas Javier Moreno Tao Lin Ben Brooks Ricardo Limassol Jacob Steinberg Ana Carrete Jordan Castro Enerto Castro Alberto Sánchez Galeano Mira Gonzalez Fabian Buelvas Juan G. Sánchez Daniela Prado Jarett Kobek Richard Cheim Juan Alvarez Andrés Arias Dorothea Lasky Marie Calloway Megan Boyle Tristan Landeros Natalia Litvinova Power Paola Andrés Neuman Junot Diaz ....

lunes, 2 de septiembre de 2013

Sobre una esperanza que no existe o ya es costumbre y ha perdido cualquier sentido y aun así no se dice nada.

Tiene su boleto de la lotería en la mano izquierda, está frente al televisor con el rostro sin expresión. Es de noche, la luz de la sala está apagada y todo es oscuro excepto el rostro del hombre; se iluminan con las imágenes de su Sony LCD de 42 pulgadas. En la mano derecha tiene el control remoto. Espera sin ánimo, se esfuerza para quedarse despierto, fue un día difícil de trabajo. Su mujer duerme en la habitación, lo había llamado un par de veces antes sin lograr persuadirlo, siempre permaneció en silencio y ella recibió aquello igual que un grito de ¡Cállate!. En cualquier momento transmitirán el sorteo, lo sabe demasiado bien. En la televisión hay un reality show; un grupo de jóvenes con camisetas negras luchan por convertirse en actores de verdad, donde "actores" significa tener un buen cuerpo y un buen rostro. Ninguno saldrá de allí siendo un actor, esa es una realidad que inventan. El hombre frente al televisor no piensa nada.


-Creo que Alejandra quiere hacerte ver mal, exageró en toda medida su reacción.
-Era una broma, y ahora seré la mala del paseo.
-Cálmate. Ya verás como todo saldrá a tu favor, el país entero te está viendo… las cámaras no mienten.
-....
-Ya tenemos una razón para ponerla en peligro de salir está semana de la casa.
-¿Lo crees?
-Sí. Mira, hablemos con los demás y verás cómo están a tu favor, ella exageró la reacción y quiso gritarte por ser desconsiderada con su problema de salud, pero todos sabemos que es mentira; ella no sufre de nada, lo inventa cada vez que quiere llamar la atención. Lo hace para hacerse coger lastima.
-....
-Este país abusa de tener buen corazón y siempre vota para proteger la gente que aparenta ser débil.
-Es muy astuta, entonces.
-Sí, por eso te digo que no te deprimas, todos sabemos que fue sin mala intención, estoy segura que los muchachos te apoyarán y mira, con el voto de Andrés, Carlos, el tuyo y el mío son cuatro… cuatro de nueve que somos.
-Y los demás, aún estamos en desventaja.
-A ella nadie le hace caso, si quisiera mandarte al juicios de los televidentes necesitaría mínimo cuatro votos más y Carolina particularmente la odia desde que entramos aquí.
-Ella también estaría de nuestra parte.
-Ves, ya somos cinco… no te preocupes, afuera la vida es más dura.
-Tienes razón… ¿cómo estará mi mamá?
-Debe estar viéndote… mejor mándale un saludo y volvamos al cuarto, es hora de dormir un poco.
-....


El aire en la sala está viciado. Sólo se escuchan las voces del televisor. No sucede nada, el reality con bajo rating ha obligado a la productora a extrapolar ciertas minucias en las que los jóvenes -con camisetas negras con sus nombres impresos sobre ellas con letras blancas- pareciera que se quieren matar uno a otro. El editor y la jefe de redacción le dan cierta significancia a cualquier cosa que se considere una mala actitud forzando el contenido. Así todos piensan que se odian cuando en realidad juegan. Los pocos televidentes se trasnochan comiéndose las uñas porque Alejandra es indefensa, tiene un problema de salud desde chica, es pobre y su familia espera que gane para darles un mejor futuro; Patricia en cambio es una modelo ambiciosa con buen cuerpo, bonita cara, moral dudosa, parece que mira a todos por encima del hombro. Todo es un juego de cámaras, de unir algunas imágenes de aquí y allí para lograr una historia que interese. Nadie quisiera ver un grupo de chicos aburridos de sí mismos, acostados todo el día pensando que todo será mejor en el futuro.

El hombre tiene en su cabeza un pensamiento que se ha quedado estático; la imagen de un dragón devorando una mujer mientras soldados apostados a ambos lados -unos con indiferencia hacia la bestia- lo atacan.

Aprieta el botón para cambiar de canal, echa un vistazo rápido al canal de cine. Tiene una camisilla blanca, hace calor. En la habitación su mujer está cubierta con las cobijas como si la atmósfera allí fuera muy fría. Ella también ha tenido un día difícil. Viniendo de hacer las compras en la tarde tuvo que dar una vuelta por una calle extraña porque venía alguien a quien le debe dinero. Pasando por esa calle elevó cierta oración pidiendo protección, ella cree que funcionó porque no sucedió nada y pudo llegar a casa sin ningún problema. Arregló toda la casa en la mañana, limpió los trastos sucios porque el hombre, su hombre como solía llamarlo cuando estaba reunida con Nancy y Karina (esa amigas que la vida de casada le ha obligado a dejar) había invitado a un par de amigos a cenar la noche anterior. Está dormida, a profundidad no, cada tanto abre un ojo para ver si su marido ha vuelto. No se ha acostumbrado a que cada miércoles y sábado se quede frente a la pantalla esperando algo -con una certeza que no sabe explicar a su marido, primero por no querer dejarle sin esperanza, segundo, la convertiría en ave de mal agüero y no quisiera los reproches del hombre cuando gane, si gana, algo- que les cambie la vida.


-Te lo juro, ella lo hizo a propósito, quiere matarme o volverme loca.
-Creo que estás exagerando Alejandra.
-Todo es parte de su estrategia para ponerlos en mi contra, ¿no lo ven?
-¿Vas a empezar a llorar?
-Déjame, la gente ve como me están haciendo quedar mal, ella sabe que lo hizo a propósito.
-Alejandra, cálmate… ven, vamos por un vaso de agua.


En cualquier momento darán el sorteo de la lotería, revisa uno a uno los números en el papel de su mano izquierda. Medita su elección. Nunca juega el mismo número, un jugador con una esperanza muy férrea lo haría, le tendría fe a un número en vez que a la misma suerte. Él elige los números de forma cabalística; recordando hechos importantes, direcciones, la noticia en el periódico, alguna página de un libro,los une, los examina; él siente que compone una pequeña melodía y debe ser perfecta. Está cansado, aun así espera. Lleva en su cabeza la melodía de aquellos números, cree que debió haber jugado el 9 en lugar del 8. Espera no lamentarlo.

Cuando llegó a casa le dijo a su mujer que todo, esta vez sí, cambiará. Como siempre, contestó ella mientras ponía la mesa. La comida se enfrió, le entretuvieron las noticias. Su mujer tenía poca fe. Pensaba abandonarlo, pensaba. El hombre comió frente a la mujer, ella estaba en silencio. La mesa era sencilla, de madera con un mantel blanco. Satisfecho se sentó frente al televisor, la mujer hizo lo suyo; recogió los platos, limpió la mesa y apagó la luz. Se fue acostar, desde su cama llamó a su marido. Mientras lo hacía escuchaba como una joven gritaba en la televisión, música de suspenso, algunas personas discutiendo, pausa para comerciales; ese programa de televisión es demasiado estúpido, dijo antes de quedarse muda como su marido.

El sorteo de la lotería comienza.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Estoy leyendo un libro que confundo con mis pensamientos y a demás está el problema con Sandra

Estoy leyendo. Algunos pensamientos se me cruzan en medio, hago como si leyera pero no estoy leyendo de verdad. Lo noto cuando trato de recordar qué decía la página anterior; cuando esta o tal sucesión de hechos inesperados me sorprenden, una corta relectura hace todo obvio -¿Qué voy hacer conmigo? debo encontrar una fuente de dinero o las cosas en casa se agudizaran-. Mis ojos se cansan, bostezo, paso mi mano por mi rostro. Hace calor. Hay un par de niños jugando en la calle, sus gritos y los rebotes de la pelota me recuerdan cuando solía jugar. Hace mucho no juego. ¿A dónde irá el tiempo cuando nos aburrimos? Bostezo. El perro viene a lamerme, lo espanto con un grito. El libro casi no pesa nada pero me empieza a incomodar; giro mientras lo tengo en las manos, me acomodo en el sofá, me recuesto; no hay alivio.

¿Dónde iba? Estoy leyendo. Algunos pensamientos se me cruzan en medio, hago como si leyera pero no estoy leyendo de verdad… -no habré leído ya esta frase, continúo-... Mis ojos se cansan, bostezo. ¿Es lo mismo que sentía hace rato cuando dije que "Mis ojos se cansan, bostezo"? Recuerdo que había devuelto algunas páginas. Retomo la lectura: El perro viene a lamerme, lo espanto de un grito. Esto es aburrido. ¿Sandra ya estará conectada en Facebook? hace tres días que no hablamos. Aunque me recomendaron que jamás le hiciera la pregunta se la hice, o se lo insinué, en ese momento se desconecto. Debo imaginar que está ocupada con eso que dijo que se ocuparía unos días y que no entendí o no quiso explicarme bien.

Siento que mis párpados se cierran, no lo hacen en realidad, es sólo una sensación. Paso mi mano por mi rostro. Aprieto mis ojos, con los dedos les doy un masaje algo brusco... Todo el tiempo se dilata. Recuerdo esos panecillos que una vez hice en un viaje al parque temático del Café. El almuerzo estuvo delicioso hoy. Cómo decirle a Sandra que entendió mal lo que dije; es mi última carta, ¿se conectará hoy? Me molesta cuando las páginas carecen de párrafos, van palabra tras palabra y ni un sólo espacio en el cual descansar. La 500 millas de Indianápolis.

Otra sátira de mis padres y explotaré, no reconocen las cosas que he hecho, si en parte estoy hoy en casa es porque no me fui cuando el barco se hundía, aguanté hasta lo último. Hace calor... ¿A dónde irá el tiempo cuando nos aburrimos? Hay una ausencia de todo. El tiempo está ahí pero un poco más lento casi como lo estoy en este momento, no me quiero mover. Este libro en mis manos, y ya olvide que decía; bostezo, paso mi mano por mi rostro.

-No quiero conectarme y ver que Sandra respondió mi mensaje disculpándose y haciéndose a un lado y tener que dar explicaciones que aún no sé me incomoda (Las frases se vuelven demasiado largas cuando las digo)...

Trato de leer en voz alta para llevar el hilo de la narración. Cada palabra me parece distinta a la que llevaba en la mente, casi me parece otro libro el que leo -el libro no pesa nada pero me incomoda-, va perdiendo cierto significado. Es como romper el silencio, ya no recuerdas cómo sonaba todo antes de, aunque no hay silencio, antes estaban los gritos de los niños, la pelota y el grito al perro. No recuerdas como era todo antes de, por ejemplo, el Barco se hundiera y tuvieras que pasar las tardes leyendo porque perdiste tu empleo.

Todo el camino es el mismo camino. Toda relectura es parte del camino. Cuando el perro persigue su cola. ¿No se da cuenta que es la suya o entiende el juego y trata de divertirnos? Soy el perro persiguiendo su propia cola; todo hace parte del camino...

Sandra es quisquillosa, ella odia a quienes deben hacer dos veces las cosas como repetir dos veces lo que uno dice; cuando hablo parece que no me oyeran entonces debo repetir en un tono de voz más fuerte; Sandra odia eso, aunque no le molesta el tipo que una y otra vez le pregunta cómo está, o que la salude cada vez que se la encuentra por los pasillos de la universidad. ¿No olvidé algo hoy? La tarde parece no acabarse. El tiempo se dilata, eso me recuerda...

Tenia un lápiz que me duró casi toda la primaria, ese caso excepcional nadie lo comprende, o lo comprenden midiéndolo con eso de que cada regla tiene su excepción; mi lápiz sobrevivió a mis profesores de matemáticas y sus innumerables ejercicios. En verdad tuve siempre más de un lápiz, guardé el que venía grabado con dibujos y lo sacaba muy esporádicamente. Al parecer nadie notaba que usaba un lápiz distinto, eran como ciegos.

El perro viene y me lame...

Los niños afuera siguen gritando, los rebotes de la pelota marcan un ritmo, adagio. ¿El tiempo va rápido para ellos? Mi corazón va lento. Una vez copié en un examen de matemáticas, esa fue la última vez que tuve mi lápiz  El examen final de quinto grado estaba difícil, había anotado cierta regla matemática en un trozo de papel que escondí en un recodo del pupitre. Tenía una tapa ancha que se abría hacia arriba y era donde guardábamos los libros, no teníamos libros ese día, sólo un lápiz, borrador y tajalápiz. Llevé mi lápiz grabado con dibujos como amuleto. Nadie descubrió que hice trampa. Perdí mi lápiz a la salida. Claudia una compañera me lo pidió prestado, nunca lo devolvió.

Hay escritores que simplemente escriben sobre nada, los admiro más que a los que escriben sobre algo. La nada siempre es algo tentadora y minúscula. Es como el tiempo, no podemos manipularla sólo soportar la sensación que deja sobre nosotros. El tiempo descansa sobre mi brazo, mi respiración es lenta. Estoy leyendo, a veces es como si ya hubiera pensado lo que leo, la lectura se transforma en mi pensamiento. No escucho más a los niños en la calle, no recuerdo en qué momento cesaron los gritos y el ritmo que iba como loco. Hay silencio. El perro está tirado sobre la alfombra a mi lado, lleva una expresión de nada y probablemente la mía sea exactamente igual. ¿A qué hora volverán? En la noche Carlos debe enviarmela información a mi correo, ¿alguien me extrañará en Facebook? 
He empezado de nuevo la página anterior, no recuerdo nada; si sigo así probablemente leeré el libro tres veces antes de darme cuenta que lo he terminado.

El examen final de quinto grado estaba algo difícil… Sandra dice que invento historias para que me consuelen, que siempre estoy triste o aparentando estarlo para causar lastima, le he dicho que no. Siempre ve a otra parte cuando trato de explicarme. No sé porque lo dice, la única vez que me vio triste fue por la muerte de un amigo de la infancia, a balazos, en el vergel.


Me pica un pie, me rasco con el otro estirando los dedos y dejando que la uñas pasen ásperas por donde siento la comezón, hay cierto alivio. La expresión de mi rostro muestra esfuerzo, finge. Estiro mi mano para rascarme con ella, con la otra sostengo el libro y trato de que no se pierda la página. El perro me mira con expresión de nada. Bostezo. Cuento las páginas que faltan, hay suficientes para quedarme lo que queda de tarde y la noche; si cuento que mi concentración es pésima iré hasta el amanecer retrocediendo y avanzando como si jugara el juego de la escalera. Tiro los dados. La calle está silenciosa y todo acá adentro también, o aparenta estarlo; en mi cabeza hay un ruido intenso.

Cuando tenía 17 entramos a robar a un supermercado muy grande que hay en el centro, robamos un montón de dulces que luego nos repartimos entre ocho jóvenes, sólo conocía a dos de ellos. Eran una pequeña pandilla, fui parte de ella por ocho horas. 
En el universo hay diferentes tipos de estrellas…

siento como me comienza el dolor de cabeza, pequeñas punzadas dentro, llevan el ritmo de la pelota de lo niños, o el ritmo que llevaría la pelota si aun estuvieran jugando. Hay escritores que simplemente escriben sobre nada, los admiro más que a los que escriben sobre algo; me siento confundido, eso también lo odia Sandra, en general Sandra odia cualquier cosa que venga de mí, o que haga. Alguna vez estuve leyendo la biografía de Andrea Rincón (una cosa minúscula que dilata el tiempo con su prosa, eso es la nada, una cosa minúscula y tentadora). Andrea Rincón nació el mismo año en que nací yo o eso recuerdo haber leído, lo cual me lleva a la conclusión de que cuando era joven, y me masturbaba viendo sus videos y fotografías, ella también lo era; se ve mayor, de hecho todo el mundo se ve mayor que yo... 
Decir nada es muy difícil, aun el silencio habla sin que te lo propongas.

En cualquier momento tiraré este libro. El libro casi no pesa nada pero me incomoda. Me duele la cabeza. Estoy tirado en el mueble leyendo: Decir nada es muy difícil, aun el silencio habla sin que te lo propongas. ¿El silencio de esta casa dirá algo? a Sandra le molestan los silencios, pero ella no habla mucho, creo que esa es la razón. Estar con alguien que guarde silencio es como verse reflejada en un espejo, ella quiere reír, no soy nada gracioso. Leeré la última página y veré la televisión, estoy un poco harto de esto y no saber si avanzo o retrocedo o si pienso o leo. Cada tanto giro mi cabeza para ver el reloj, parece estar siempre en la misma posición aunque se que ha pasado el tiempo, antes habían niños jugando afuera. Me senté a leer con ánimos, mi cuerpo se fue deslizando hasta quedar recostado sobre el sofá. El perro viene a lamerme, lo espanto de un grito. 


Me siento aburrido, la historia es aburrida; es hora de que suceda algo, o hacer que suceda. Leeré en voz alta -otra vez la sensación de leer otro libro distinto al que he estado leyendo, la sensación que desdibuja cada palabra en el aire y que rompe el silencio que ya no sabré como sonaba antes-: